«Larga vida a Irak», «viva el pueblo», «abajo los agentes», «sois parte de la ocupación», «para nosotros la vida y para los enemigos la muerte». Esto gritó sin tregua el dictador Sadam Husein tras conocer el veredicto que lo condenó a muerte. Con el Corán en una de las manos, intentaba tapar la voz del juez del Tribunal Especial de Irak, mientras la sentencia era leída. El día cinco de noviembre, Sadam Husein escuchó la sentencia que lo condenó a morir en la horca por la matanza de 148 chiíes en Duyail, ciudad iraquí al norte de Bagdá, en 1982. El tribunal no aceptó el pedido del depuesto presidente iraquí de ser ejecutado ante un pelotón de fusilamiento. Además de Sadam, fueron condenados a muerte por el mismo crimen contra la humanidad el mismo día el hermano (meio irmao) Barzan al Tikriti y el ex juez Awad al Bandar. Sadam será juzgado aun, por el mismo tribunal, de un genocidio de más de 180 mil curdos, por la ofensiva militar entre 1987 y 1988.